Revisión Recibido: 29/06/2026│ Aceptado: 30/09/2026
Bienestar
de la salud y autocuidado en adultos con patologías quirúrgicas: reflexiones
teóricas para una atención integral
Health well-being and self-care in adults with
surgical conditions: theoretical reflections for comprehensive care
José Ángel Triana Hernández. Médico.
Especialidad Cirugía. Profesor Asistente. Hospital Provincial. Camagüey. Cuba. [olguitapg@gmail.com]
Olga
Lidia Pérez González. Profesora e Investigadora Titular. Universidad de
Camagüey. Camagüey. Cuba. [olguitapg@gmail.com]
Bartolo
Máximo Triana Hernández. Profesor Titular. Universidad de
Camagüey. Camagüey. Cuba. [olguitapg@gmail.com]
Ángel
Luis Gómez Cardoso. Profesor Titular. Universidad de
Camagüey. Camagüey. Cuba.
Resumen
El bienestar de la salud constituye un constructo
multidimensional que trasciende la ausencia de enfermedad e integra dimensiones
físicas, psicológicas, sociales y, en determinados contextos, espirituales,
cuya interacción condiciona la calidad de vida y la capacidad de las personas
para afrontar los procesos de salud-enfermedad. En este marco, el autocuidado
adquiere especial relevancia en los adultos con patologías quirúrgicas, debido
a las modificaciones funcionales, emocionales y sociales que pueden acompañar
el proceso perioperatorio y la recuperación posterior. El objetivo de este
artículo es analizar los fundamentos teóricos que sustentan la relación entre
bienestar de la salud y autocuidado en adultos con patologías quirúrgicas, con
énfasis en las implicaciones para la educación sanitaria, la autonomía y la
recuperación integral. Se realizó una revisión teórica de literatura científica
y documentos institucionales publicados fundamentalmente entre 2022 y 2026,
complementada con el análisis de referentes clásicos indispensables para la
comprensión de los constructos estudiados. El análisis permitió identificar que
el bienestar y el autocuidado deben comprenderse desde una perspectiva
integral, centrada en la persona y articulada con la familia, los profesionales
de la salud y el contexto sociocultural. Se concluye que fortalecer las
capacidades de autocuidado constituye una vía para favorecer la participación
activa del paciente, prevenir complicaciones, mejorar la continuidad de los
cuidados y contribuir al bienestar durante la recuperación quirúrgica.
Palabras clave:
bienestar de la salud; autocuidado; adultos; patologías quirúrgicas; educación
para la salud; recuperación posoperatoria.
Abstract
Health well-being is a multidimensional construct that
goes beyond the absence of disease and integrates physical, psychological,
social and, in certain contexts, spiritual dimensions, whose interaction
influences quality of life and people's ability to cope with health-disease
processes. Within this framework, self-care becomes particularly relevant in
adults with surgical conditions because of the functional, emotional and social
changes that may accompany the perioperative process and subsequent recovery.
The aim of this article is to analyze the theoretical foundations underlying
the relationship between health well-being and self-care in adults with
surgical conditions, with emphasis on implications for health education,
autonomy and comprehensive recovery. A theoretical review of scientific
literature and institutional documents published mainly between 2022 and 2026
was conducted, complemented by an analysis of essential classical references
for understanding the constructs under study. The analysis showed that
well-being and self-care should be understood from a comprehensive,
person-centered perspective articulated with the family, health professionals
and the sociocultural context. It is concluded that strengthening self-care
capacities is a means of promoting active patient participation, preventing
complications, improving continuity of care and contributing to well-being
during surgical recovery.
Keywords:
health well-being; self-care; adults; surgical conditions; health education;
postoperative recovery.
Introducción
La salud constituye uno de los componentes esenciales
del desarrollo humano y del bienestar individual y colectivo. Su comprensión contemporánea
supera la perspectiva reduccionista centrada exclusivamente en la presencia o
ausencia de enfermedad y reconoce la interacción entre condiciones biológicas,
psicológicas, sociales, ambientales y culturales. Desde esta perspectiva, el
bienestar no representa únicamente un resultado final de la atención sanitaria,
sino también un proceso dinámico relacionado con la posibilidad de las personas
de desarrollar capacidades, participar en las decisiones que afectan su salud y
disponer de condiciones que favorezcan una vida digna.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha insistido
en la necesidad de incorporar el bienestar como una dimensión estratégica de la
salud pública. En 2023, la Asamblea Mundial de la Salud adoptó el marco mundial
Achieving well-being,
orientado a integrar el bienestar en las políticas y acciones de salud pública
mediante una perspectiva de promoción de la salud, equidad, inclusión y
solidaridad (World Health Organization [WHO], 2023). Este planteamiento resulta
especialmente significativo porque desplaza la mirada desde la enfermedad hacia
las condiciones que permiten a las personas desarrollar su potencial físico y
mental durante el curso de la vida.
En este escenario, el autocuidado adquiere una
importancia creciente. La OMS lo concibe como la capacidad de individuos,
familias y comunidades para promover la salud, prevenir enfermedades, mantener
la salud y afrontar la enfermedad o la discapacidad, con o sin apoyo de
profesionales sanitarios (WHO, 2022). Esta concepción sitúa a la persona como
sujeto activo de su proceso de salud y reconoce que las acciones de autocuidado
deben desarrollarse dentro de entornos seguros y articulados con los sistemas
sanitarios.
La importancia del autocuidado adquiere
particularidades en los adultos con patologías quirúrgicas. La cirugía puede
producir modificaciones transitorias o permanentes en la movilidad,
alimentación, higiene, descanso, eliminación, percepción corporal, estado
emocional y capacidad para desarrollar actividades cotidianas. A ello se añaden
las exigencias relacionadas con el cumplimiento del tratamiento, el cuidado de
heridas, el reconocimiento de signos de alarma, la prevención de infecciones y
la reincorporación progresiva a las actividades habituales.
En consecuencia, la educación del paciente no debe
reducirse a la transmisión de indicaciones médicas. Es necesario favorecer la
adquisición de conocimientos, habilidades y actitudes que permitan al individuo
participar responsablemente en su recuperación. La OMS señala que las
intervenciones de autocuidado pueden incrementar la autonomía y participación
de las personas, siempre que se desarrollen dentro de un entorno de apoyo y
mantengan la articulación con los servicios de salud (WHO, 2022, 2024).
Desde esta perspectiva, el presente artículo tiene
como objetivo analizar los fundamentos teóricos que sustentan la relación entre
bienestar de la salud y autocuidado en adultos con patologías quirúrgicas, con
énfasis en sus implicaciones para una atención integral, educativa y centrada
en la persona.
Desarrollo
1. El bienestar de la salud como constructo
multidimensional.
El bienestar de la salud no puede comprenderse como
una condición estática ni exclusivamente biológica. Se configura a partir de la
interacción entre diferentes dimensiones que se modifican de acuerdo con las
características personales, las condiciones de vida y las circunstancias
históricas y sociales.
La perspectiva contemporánea de la OMS plantea que
alcanzar el bienestar requiere crear condiciones para que todas las personas
puedan desarrollar su potencial físico y mental durante toda la vida. El marco
mundial adoptado en 2023 vincula el bienestar con la promoción de la salud, la
equidad, la inclusión, la solidaridad y la creación de entornos favorables para
la vida (WHO, 2023).
Desde esta posición, pueden distinguirse varias
dimensiones interrelacionadas:
Bienestar físico. Comprende el funcionamiento adecuado
del organismo, la capacidad funcional, la alimentación, la actividad física, el
descanso, la prevención de enfermedades y la utilización apropiada de los
servicios sanitarios. En los pacientes quirúrgicos, esta dimensión adquiere
particular relevancia debido a los cambios derivados de la enfermedad y del
procedimiento quirúrgico.
Bienestar psicológico. Incluye la regulación
emocional, la percepción de seguridad, la autoestima, la capacidad para
afrontar situaciones adversas y la posibilidad de mantener expectativas
positivas respecto a la recuperación. El proceso quirúrgico puede generar
miedo, ansiedad, incertidumbre y preocupación, por lo que la atención integral
debe considerar estos elementos.
Bienestar social. Se relaciona con la posibilidad de
mantener vínculos familiares, relaciones interpersonales, participación social
y redes de apoyo. En el proceso posoperatorio, la familia puede desempeñar una
función esencial en la continuidad de los cuidados, aunque debe evitarse la
sobreprotección que limite la autonomía del paciente.
Bienestar espiritual. Puede relacionarse con el
sentido de vida, los valores, las creencias y la búsqueda de significado ante
situaciones de enfermedad. Su consideración debe efectuarse desde el respeto a
la autonomía y diversidad de cada persona.
La integración de estas dimensiones permite comprender
que la recuperación quirúrgica no puede evaluarse únicamente mediante
parámetros clínicos. Un paciente puede presentar evolución fisiológica
favorable y, sin embargo, experimentar dificultades para movilizarse,
alimentarse, controlar sus emociones, comprender las indicaciones o reincorporarse
a su entorno social.
Por ello, el bienestar debe considerarse un resultado
integral de la interacción entre las condiciones clínicas, la capacidad
funcional, los recursos personales, el apoyo social y las posibilidades reales
de participación en las decisiones relacionadas con la salud.
2. Bienestar, estilos de vida y determinantes sociales.
El bienestar individual está condicionado por factores
que trascienden la responsabilidad personal. Las condiciones socioeconómicas,
la educación, la vivienda, el ambiente, la alimentación, el acceso a los
servicios sanitarios y las redes de apoyo intervienen en las oportunidades que
tienen las personas para conservar o recuperar su salud.
La perspectiva de promoción de la salud reconoce
precisamente esta interacción entre elecciones individuales y condiciones
sociales. Por consiguiente, promover el bienestar no significa responsabilizar
exclusivamente al individuo por su estado de salud, sino generar ambientes que
faciliten elecciones saludables y reduzcan las desigualdades.
La actividad física, la alimentación saludable, el
descanso adecuado, la reducción del consumo de sustancias nocivas, la gestión
del estrés y el establecimiento de vínculos sociales positivos constituyen
componentes relevantes del bienestar. En este sentido, la actividad física
mantiene especial relación con el campo de la cultura física, pues constituye
uno de los recursos que pueden contribuir al mantenimiento de la capacidad
funcional, la salud mental y la calidad de vida.
La perspectiva actual demanda, por tanto, superar la
separación entre atención sanitaria, educación para la salud y actividad
física. La promoción del bienestar requiere acciones interdisciplinarias que
permitan acompañar a la persona en las diferentes etapas del curso vital.
3. El autocuidado como componente del bienestar.
El autocuidado representa una de las expresiones más
concretas de la participación activa de las personas en la conservación de su
salud. La definición contemporánea de la OMS reconoce que las personas, familias
y comunidades pueden desarrollar acciones para promover y mantener la salud,
prevenir enfermedades y afrontar procesos de enfermedad o discapacidad, con o
sin la participación directa de trabajadores sanitarios (WHO, 2022, 2026).
Este planteamiento no implica trasladar la
responsabilidad de la atención sanitaria desde los profesionales hacia los
pacientes. Por el contrario, la OMS señala que el autocuidado debe complementar
los sistemas de salud y no sustituirlos (WHO, 2024, 2026). Esta precisión posee
particular importancia en pacientes con patologías quirúrgicas, quienes
requieren seguimiento profesional y orientación especializada durante la
recuperación.
La teoría del déficit de autocuidado de Orem
constituye uno de los principales referentes conceptuales para comprender la
relación entre capacidad individual, necesidades de autocuidado y asistencia
profesional. Aunque se trata de un modelo clásico, mantiene utilidad como
fundamento teórico cuando se interpreta de manera articulada con las
concepciones contemporáneas de atención centrada en la persona.
Desde esta perspectiva, la capacidad de autocuidado
puede verse limitada por factores físicos, psicológicos, cognitivos, sociales y
ambientales. La intervención profesional debe orientarse entonces a disminuir
las limitaciones y favorecer progresivamente la independencia.
4. Particularidades del autocuidado en adultos con
patologías quirúrgicas.
En los adultos sometidos a procedimientos quirúrgicos,
el autocuidado adquiere características específicas. Durante el período
posoperatorio pueden aparecer dolor, limitaciones de movilidad, alteraciones
del sueño, cambios en la alimentación, dependencia temporal para determinadas
actividades y preocupación ante posibles complicaciones.
En consecuencia, el paciente necesita desarrollar
competencias que le permitan:
·
Comprender su enfermedad
y el procedimiento realizado.
·
Reconocer las
indicaciones terapéuticas.
·
Participar en el cuidado
de la herida quirúrgica.
·
Mantener hábitos
adecuados de higiene.
·
Cumplir las pautas
nutricionales.
·
realizar movilización
progresiva según indicación profesional;
·
Reconocer signos y
síntomas de alarma.
·
Utilizar adecuadamente
los medicamentos prescritos.
·
Gestionar las respuestas
emocionales asociadas al proceso de recuperación.
·
Solicitar ayuda
profesional cuando las circunstancias lo requieran.
El propósito no consiste en convertir al paciente en
un sustituto del profesional sanitario, sino en desarrollar su capacidad para
participar de manera consciente y segura en aquellas actividades que puede
realizar.
La guía de implementación de la OMS publicada en 2024
enfatiza precisamente que las intervenciones de autocuidado requieren
información accesible y adecuada, apoyo de los trabajadores de la salud,
integración con los sistemas sanitarios y adaptación a las características del
contexto (WHO, 2024).
5. Educación para el autocuidado.
La educación constituye uno de los principales
mecanismos para fortalecer el autocuidado. No obstante, educar al paciente
quirúrgico no equivale a proporcionar un conjunto de instrucciones al momento
del alta. Se trata de un proceso progresivo que comienza antes de la
intervención y continúa durante la hospitalización y la recuperación
domiciliaria.
La educación debe considerar el nivel de escolaridad,
edad, experiencias previas, estado emocional, condiciones socioculturales y
capacidad funcional del paciente. Las instrucciones deben formularse de manera
clara, concreta y comprensible, comprobando que la persona haya comprendido los
contenidos esenciales.
La educación efectiva debe responder, entre otras, a
las siguientes preguntas: ¿qué debe hacer el paciente?, ¿cómo debe hacerlo?,
¿con qué frecuencia?, ¿qué situaciones debe evitar?, ¿qué signos deben
considerarse de alarma? y ¿cuándo debe solicitar ayuda profesional?
La comunicación bidireccional resulta fundamental. El
paciente no debe ser considerado un receptor pasivo de información, sino un
participante capaz de expresar dudas, necesidades, temores y preferencias.
6. Dimensión física del autocuidado quirúrgico.
El autocuidado físico comprende las acciones dirigidas
a favorecer la recuperación funcional y prevenir complicaciones. Entre ellas se
encuentran el mantenimiento de la higiene, la alimentación indicada, la
movilización progresiva, el descanso, el cuidado de la herida y la utilización
correcta de los medicamentos prescritos.
La actividad física debe adecuarse al tipo de
intervención, estado clínico y prescripción profesional. La recuperación no
debe asociarse con reposo absoluto prolongado cuando este no esté indicado,
pues la movilización progresiva constituye un componente relevante de la
recuperación funcional.
En este sentido, el conocimiento de las posibilidades
y limitaciones del paciente permite establecer objetivos individualizados. La intervención
debe avanzar desde las actividades que el paciente puede realizar con ayuda
hacia aquellas que pueda ejecutar de manera independiente.
7. Dimensión psicológica y emocional.
La experiencia quirúrgica puede generar temor,
incertidumbre y ansiedad. Estos estados pueden afectar la percepción del dolor,
la motivación y la disposición para participar en los cuidados.
Por ello, la atención integral debe incluir
comunicación empática, apoyo emocional y oportunidades para que el paciente
exprese sus preocupaciones. La familia puede convertirse en un recurso de apoyo
importante, especialmente durante las primeras etapas de recuperación.
Sin embargo, el apoyo familiar debe orientarse a
favorecer la autonomía y no a sustituir innecesariamente las capacidades del
paciente. Ayudar no significa realizar por él todas las actividades que
progresivamente puede recuperar.
8. Dimensión cognitiva del autocuidado.
La dimensión cognitiva comprende los conocimientos que
permiten interpretar la situación de salud y actuar de forma segura. En el
paciente quirúrgico resulta esencial comprender las características generales
de la intervención, las recomendaciones posoperatorias, la medicación, los
cuidados de la herida, la alimentación, la movilidad y los signos de alarma.
La alfabetización en salud adquiere especial
relevancia en este proceso. Una persona puede recibir información adecuada y,
sin embargo, presentar dificultades para interpretarla o aplicarla. Por ello,
el profesional debe verificar la comprensión mediante preguntas, demostraciones
o la explicación de las indicaciones con las propias palabras del paciente.
Las herramientas digitales pueden complementar este
proceso. La OMS reconoce que las intervenciones de autocuidado pueden
incorporar herramientas digitales y tecnologías que faciliten el acceso a
información, seguimiento y determinadas acciones de cuidado (WHO, 2024).
9. Dimensión social y familiar.
El autocuidado se desarrolla dentro de un contexto
social. La familia, los cuidadores y la comunidad pueden facilitar la
recuperación mediante apoyo emocional, acompañamiento y ayuda en aquellas
actividades que realmente lo requieren.
No obstante, es necesario establecer una relación
equilibrada entre apoyo y autonomía. La dependencia excesiva puede limitar el
desarrollo de capacidades, mientras que la ausencia de apoyo puede incrementar
la inseguridad del paciente.
Por esta razón, la educación debe incluir, cuando
resulte pertinente, a los familiares y cuidadores. Estos necesitan conocer qué
actividades puede realizar el paciente, cuáles requieren ayuda y cuáles son los
signos que justifican la consulta con un profesional.
10. Autocuidado y prevención de complicaciones
posoperatorias.
La prevención de complicaciones constituye uno de los
principales argumentos para fortalecer el autocuidado. El paciente necesita
reconocer aquellos cambios que pueden indicar una evolución desfavorable y
conocer las vías para solicitar atención.
Entre los signos que requieren valoración profesional
pueden encontrarse fiebre, dolor que aumenta o cambia de características,
sangrado, alteraciones importantes de la herida, secreciones anormales,
dificultad respiratoria, vómitos persistentes, cambios significativos en el
estado general u otros síntomas relacionados con el procedimiento específico.
La educación para reconocer estos signos no significa
que el paciente deba realizar diagnósticos. Su función es identificar cambios
relevantes y comunicar oportunamente la situación al equipo sanitario.
Esta distinción resulta esencial: el autocuidado
responsable incluye saber cuándo el autocuidado individual deja de ser
suficiente y es necesario acudir a los servicios de salud.
11. El autocuidado desde una perspectiva integral.
Los fundamentos analizados permiten sostener que el
autocuidado no debe fragmentarse en acciones aisladas. La alimentación, la
actividad física, el descanso, la higiene, la regulación emocional, el
seguimiento del tratamiento y la interacción social forman parte de un sistema
integrado.
En el paciente quirúrgico, esta integración debe
expresarse en un plan individualizado que considere la situación clínica, las
capacidades conservadas, las limitaciones temporales, el contexto familiar y
los recursos disponibles.
La intervención profesional puede organizarse en tres
direcciones fundamentales:
Primera: fortalecer capacidades. El profesional
identifica aquello que el paciente puede hacer y promueve su participación
activa.
Segunda: compensar limitaciones. Cuando existen
actividades que el paciente no puede realizar temporalmente, se proporciona la
ayuda necesaria sin anular sus posibilidades de recuperación.
Tercera: educar para la independencia. El objetivo
final debe orientarse a que la persona alcance el mayor nivel posible de
autonomía y pueda continuar los cuidados de forma segura en su contexto
habitual.
Esta concepción coincide con el enfoque de la OMS, que
sitúa a las personas en el centro de las intervenciones de autocuidado y
reconoce la necesidad de integrarlas con los servicios sanitarios (WHO, 2022,
2024).
Discusión
El análisis realizado permite reconocer una estrecha
relación entre bienestar, autocuidado y recuperación quirúrgica. El bienestar
constituye un resultado multidimensional, mientras que el autocuidado
representa uno de los mecanismos mediante los cuales la persona puede
participar activamente en su conservación y recuperación.
Una primera consideración deriva de la necesidad de
superar la concepción del autocuidado como una responsabilidad exclusivamente
individual. Las posibilidades reales de autocuidado dependen de factores
personales, familiares, económicos, educativos, culturales y sanitarios. En
consecuencia, responsabilizar al paciente sin modificar las barreras que
dificultan sus acciones puede reproducir desigualdades en salud.
Una segunda consideración se relaciona con la
autonomía. La OMS reconoce el potencial del autocuidado para fortalecer la
capacidad de las personas de participar en decisiones relacionadas con su
salud, pero también señala que su implementación debe realizarse en entornos
seguros y con apoyo del sistema sanitario (WHO, 2022, 2024). Esta condición
resulta particularmente importante después de una intervención quirúrgica.
Una tercera consideración corresponde a la educación
sanitaria. La información solamente adquiere valor cuando puede transformarse
en conocimiento aplicable y, posteriormente, en conductas seguras. De ahí que
la educación posoperatoria deba incorporar demostraciones, comprobación de la
comprensión, materiales accesibles y seguimiento.
Una cuarta consideración se vincula con la actividad
física. Desde el ámbito de la cultura física, el bienestar debe abordarse como
un fenómeno relacionado con la capacidad funcional y la participación activa en
la vida cotidiana. La recuperación quirúrgica constituye un escenario en el que
la actividad física, cuando está clínicamente indicada, puede contribuir a
recuperar progresivamente la independencia funcional.
Finalmente, resulta necesario reconocer que el
bienestar no es equivalente a la ausencia de síntomas. Una concepción integral
considera la capacidad de la persona para desenvolverse, relacionarse, tomar
decisiones, adaptarse a las circunstancias y participar activamente en su
propia vida.
Conclusiones
El bienestar de la salud constituye un constructo
multidimensional que integra dimensiones físicas, psicológicas, sociales y
espirituales y que debe comprenderse en interacción con los determinantes
sociales y las condiciones concretas de vida.
El autocuidado representa un componente esencial del
bienestar y una vía para fortalecer la participación, autonomía y
responsabilidad de las personas en relación con su salud. Las concepciones
contemporáneas de la OMS destacan que las intervenciones de autocuidado deben
complementar, y nunca sustituir, la atención proporcionada por los sistemas
sanitarios.
En los adultos con patologías quirúrgicas, el
autocuidado adquiere particular importancia debido a las modificaciones
funcionales, emocionales y sociales que pueden producirse durante la
recuperación. Su desarrollo requiere conocimientos, habilidades, motivación,
apoyo familiar y acompañamiento profesional.
La educación para el autocuidado debe ser
individualizada, progresiva y centrada en la persona. Debe incluir aspectos
físicos, cognitivos, emocionales y sociales, así como el reconocimiento
oportuno de signos de alarma y la búsqueda de atención profesional.
El fortalecimiento del autocuidado en pacientes
quirúrgicos constituye, por tanto, una estrategia pertinente para contribuir a
la recuperación funcional, prevenir complicaciones, mejorar la continuidad de
los cuidados y favorecer el bienestar integral.
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